martes, 21 de diciembre de 2010

Vallejo: poeta y humano


 

 

Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés


 

Vallejo: poeta y humano

(Publicado por primera vez en la revista: El Mal Pensante, año 1, Nº 7, La Paz, marzo de 2003)

 

Escribir una carta


Escribir una carta es como abrir el alma. Quien escribe una carta jamás (salvo raros casos) piensa en una posible publicación, de ahí que la lectura de un epistolario se convierta en una intromisión casi abusiva de la intimidad de su autor. Pero bueno, cuando se trata de escritores esta intromisión resulta hasta obligada, más si se trata de un poeta de la talla de César Vallejo.

Definitivamente el pesimismo y el fatalismo que como un aura rodea la obra poética de Vallejo ha hecho que se le atribuya una personalidad análoga y, por tanto, a mitificarlo (por alguna razón el sufrimiento siempre mitifica). En contra de esta mitificación se dirige la nota de Ángel Páez (El Malpensante, N°4) pero dando tamaño salto que cruza al otro extremo queriendo mostrar a un Vallejo humano demasiado humano.

Recordemos que en 1982 Pre-Textos edita el “Epistolario General” de Vallejo preparado por el profesor español José Manuel Castañón, quien, además, ya había publicado en 1960 un folleto: “César Vallejo a Pablo Abril en el drama de su epistolario”. David Sobrevilla nos advierte que el “Epistolario General” está incompleto, le faltaría unas pocas cartas (1) pero que en lo central —tomando en cuenta las fechas de las misivas— nos da una “compilación verdaderamente amplia de las cartas de Vallejo”. Y tan es así, que muchas citas hechas por Páez coinciden con esta edición, lo cual demuestra que su nota no es tan novedosa como pretende. Por otra parte hay que señalar que Ángel Páez realiza una lectura sesgada por una animadversión hacia el más grande poeta peruano.

La lectura que realiza David Sobrevilla (2) en cambio, es más equilibrada por no decir más objetiva, le interesa a él más iniciar una indagación filológica que entrometerse en la vida privada de Vallejo. Es decir, busca lo que se debería buscar siempre que se hurga en un epistolario, alumbrar la obra del autor, del poeta Vallejo.

Así orienta su lectura por medio de seis temas, ordenados del siguiente modo: Personalidad compleja de Vallejo; Libertad y fatalismo; Relaciones eróticas; La presencia de Dios y el compromiso revolucionario; Vocación, lecturas y actividades literarias; Claves interpretativas.

La personalidad de Vallejo


El motivo que llevó a Vallejo a dejar el Perú fue el proceso y prisión que sufrió en 1920 en Trujillo, en octubre de ese año, luego de salir en libertad condicional, se marcha a Lima y avisa a su amigo Oscar Imaña que ha decidido salir del país. Cuando ya está en Europa su hermano le comunica que el Tribunal de Trujillo había ordenado su captura. Sólo se siente tranquilo cuando el proceso es archivado en 1928. Todos los años de intranquilidad sufridos muestran las razones objetivas del resentimiento de Vallejo para con el Perú, así como sus violentas expresiones, que Sobrevilla compara con las de Schopenhahuer y Nietzsche contra Alemania y los alemanes.

A pesar de todo ese resentimiento, Vallejo escribe a Pablo Abril en junio de 1930:

“A veces pienso volver al Perú, como al único sitio donde podré disfrutar de una calma relativa, para trabajar. Siete años en Europa y no he hecho nada. Es horrible querido Pablo”.

Vallejo pensó regresar al Perú y hacía gestiones ante la legación peruana en París para conseguir un pasaje. Probablemente debido a este pedido entrevista, a comienzos de 1927, a Eduardo S. Leguía ministro del Perú en Madrid, para la revista “Variedades”, pero en marzo se arrepiente de haberla enviado, escribe a Pablo Abril:

“Hace tres días puse al Correo la entrevista al Ministro, dirigida a usted, para que se moleste en entregársela a Vegas. Ahora me apresuro a rogarle que no la entregue usted y la retenga en su poder. He pensado mucho en este artículo y me parece que él lleva cierto ribete oscuro de ambigüedad moral, que no está de acuerdo con mi manera de ser. He pensado mucho en esto y me disgustaría que se publique ese artículo”.

A pesar de todo decide publicarla, aunque después vuelve con los arrepentimientos, le escribe a Abril:

“Mi artículo sobre él se publicó ya en Variedades. Sin duda, en el Perú dirán los malvados paisanos que he sido pagado para escribir un artículo o que el Gobierno me tiene asalariado. Pero usted sabe que no es así”.

Sin duda el desarraigo provoca no pocas contradicciones en quien lo sufre, ese parece ser el caso de Vallejo y se manifiesta en su fatalismo. A Pablo Abril le escribe en octubre de 1924, después de ser operado de una hemorragia intestinal:

“He sufrido, mi querido amigo, veinte días horribles de dolores físicos y abatimientos espirituales increíbles. Hay, Pablo, en la vida horas de una negrura negra y cerrada a todo consuelo. Hay horas más, acaso, mucho más siniestras y tremendas que la propia tumba. Yo no las he conocido antes. Este hospital me las ha presentado, y no las olvidaré. Ahora en la convalescencia, lloro a menudo por no importa qué causa cualquiera. Una facilidad infantil para las lágrimas me tiene saturado de una inmensa piedad por todas las cosas. A menudo me acuerdo de mi casa, de mis padres y cariños perdidos. Algún día podré morirme, en el transcurso de la azarosa vida que me ha tocado llevar, y entonces, como ahora, me veré solo, huérfano de todo aliento familiar y hasta de todo amor. Pero mi suerte está echada. Estaba escrito. Soy fatalista. Creo que todo está escrito.”

(¡Cómo nos recuerda estas líneas “Los heraldos negros”! Poema escrito unos años antes, en 1918).
Lo que, además, acerca al autor de “Fabla Salvaje” a la religión. En noviembre de 1924, vuelve a escribirle a Pablo Abril de Vivero:

“Vuelvo a creer en nuestro Señor Jesucristo. Vuelvo a ser religioso, pero tomando la religión como supremo consuelo de esta vida. Sí. Sí. Debe haber otro mundo de refugio para los que mucho sufren en esta tierra. De otro modo no se concibe la existencia, Pablo.”

Y este acercamiento no cesa, en 1929 escribe a su hermano Víctor:

“Le ruego mandar decir una misa al Apóstol a mi nombre. Una vez que sea dicha, le suplico me la indique, diciéndome el día y la hora en que ella se ha realizado. Le he pedido al Apóstol que me saque bien de un asunto. Le suplico mucho que mande decir esa misa. Así me he encomendado ya”.

Vallejo y su vocación literaria


En el “Epistolario...” se encuentran cartas que nos dan noticias de sus actividades literarias en Europa, como en las que se puede percibir el tipo de valoración que realizaba Vallejo de la poesía. Por ejemplo, cuando recibe un libro de Ildefonso Pereda Valdés —“La guitarra de los negros”—, Vallejo le escribe (en enero de 1926):

“El canto de usted, lineal, óseo y bien vertebrado, discurre paralelamente a nuestra sangre, sin violencias de pega ni avinagrado embarazo. Su canto es silvestre, basto, hasta torpe, de puro sincero. Puede estar usted cierto de que ha hecho un bello libro de pensamientos y creación innegables”.

Sobrevilla resalta la fina ironía que desliza en las palabras: “silvestre”, “basto”, “torpe”; ironía que se repite en una carta del 10 de diciembre de 1926, dirigida a Emilio Armaza que le había enviado su libro: “Falo”:

“Su libro me ha gustado singularmente por las disciplinas de equilibrio y de medida que hay en él. En estos tiempos de epilepsia, una obra así, de euritmia y justeza, hace bien y nos reconcilia con los ‘números severos y apostólicos’ de [los] que gustan las cosas eternas. Ni una masa más, ni un volumen menos. Su libro Falo responde a esta exigencia fundamental de la vida y del arte. Fuera de este mérito verdaderamente excepcional en estos tiempos, sus versos respiran peruanidad, es decir, humanidad, por anchos y salubres pulmones titikakas. La paja de jalca vibra en Falo, contra el ventisquero y a favor de la dicha de cancha y cal domésticas. ¡Qué bellas estrofas que revientan blanco, blanco! Yo tengo mucho gusto. Magnífico libro el suyo, querido compañero”.

Las cartas hablan también de proyectos literarios truncados, como la revista: “Foro” de política latinoamericana o el semanario: “La Semaine Parisienne” en el que quiere prescindir de cualquier colaboración de escritores latinoamericanos y especialmente peruanos. Las cartas también mencionan los proyectos que sí vieron la luz, como el primer número de “Favorables, París, Poema” que edita junto con su gran amigo Juan Larrea.
De su epistolario se pueden extraer asimismo, algunas ideas estéticas del autor de “Poemas Humanos”; en una carta, que le dirige a Juvenal Ortiz Saralegui, comentando el poema que éste le había enviado, dice:

“Usted es de los que crean cosas nobles, humanas, naturales, eternas. Sin adornos, ni recovecos. Sin fórmulas, ni trucos. Sin manera, ni secreto profesional. Sin simbolismo, ni virtuosismo. Todo directo, elíptico, justo. Fraternizo hondamente con su estética”.

El “Epistolario...” muestra a Vallejo humano y poeta, y quizá: Poeta y humano y es que la literatura puede estar escrita también con la vida como quería Stefan George. Pero, terminemos con un párrafo de una carta de septiembre de 1927 que nos muestra esa confusión contradictoria entre la vida y la literatura:

“Empiezo a resignarme. Empiezo a reconocer en la suma miseria mi vía auténtica y única de existencia. Me parece que yerro, al buscar la seguridad económica o, al menos, el pan a su hora y el agua a su hora. Yo he nacido para pobre de solemnidad y cuanto haga yo en contra será, como lo ha sido hasta ahora, estéril. Me parece que esto no es literatura, puesto que parto de la realidad y apunto a la realidad”.

Notas:

 
(1) El texto de Jesús Cabel contiene las 281 cartas escritas por el autor de “El Tungsteno” (cit. por Ángel Páez, suplemento El Malpensante en El Juguete Rabioso N° 71); el de Castañón 239, escritas en el período: 1915-1938. Castañón, José Manuel. Epistolario General de César Vallejo. (Valencia: Pre-textos, 1982)
(2) Sobrevilla, David. César Vallejo. Poeta nacional y universal y otros trabajos vallejianos. (Lima: Amaru Editores, 1994)

No hay comentarios:

Publicar un comentario