domingo, 12 de enero de 2014

Literatura: ¿ideología o ciencia? una mirada desde Wolf Lepenies


LITERATURA: ¿IDEOLOGÍA O CIENCIA? UNA MIRADA DESDE WOLF LEPENIES

Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés


Introducción


Wolf Lepenies es un sociólogo alemán que se doctoró, en la Universidad de Münster, con una tesis sobre el tema de la melancolía, para él “Los intelectuales oscilan siempre entre la melancolía y la utopía. O bien se sumen en desesperación frente al mundo, o bien quieren cambiarlo radicalmente. Cuanto más se piensa tanto menos se llega a la acción práctica. ” Y, continúa: “Yo quería ser un intelectual activo” (1) Y qué tan activo es este intelectual podrá atestiguarlo su rectorado, por quince años, del Colegio Científico de Berlín, sin duda el más importante de Europa. Gracias a su actividad en esta institución, consiguió el suficiente apoyo económico para emprender un incomparable avance en la investigación científica en campos tan diversos como la filología clásica o la biología teórica. Participó también de la fundación de entidades similares en otros países europeos, una de ellas utiliza el antiguo nombre griego: “Ágora” para investigar la forma de recepción de la antigüedad clásica en las llamadas Ciencias del Espíritu, lo que busca Ágora es aclarar la autocomprensión intelectual de Europa y su herencia cultural.

En: Las Tres Culturas. La Sociología entre la literatura y la ciencia, uno de sus libros más importantes, Lepenies traza un horizonte desde el cual nos muestra las notables relaciones entre la Literatura y la Sociología cuando ésta recién hacía su ingreso en el campo intelectual europeo.

Las tres culturas


En 1956, el escritor C. P. Snow publicaba, en una revista semanal inglesa, un artículo titulado: “The Two Cultures”. Las “dos culturas” a las que Snow se refería eran las de los literatos y la de los científicos, culturas enfrentadas que se disputaban entre sí la mejor perspectiva para entender al ser humano, Snow mismo estaba involucrado con ambas, por un lado era un físico especializado y por otro un novelista. Snow reclamaba a los intelectuales literarios no sólo su pobre conocimiento de la ciencia sino, y ante todo, que casi todos los escritores que habían sobresalido en la literatura del siglo XX, como Yeats o Pound, “no sólo eran unos mentecatos políticos sino unos malvados”, pues no era raro encontrar en sus obras posturas antidemocráticas que —a su parecer— habían desembocado en Auschwitz. Por eso para Snow la civilización occidental debía protegerse eliminando la formación literaria y dando preferencia a la cultura científica. En 1962, un crítico literario F. R. Leavis, contestó el artículo de Snow, sosteniendo que éste mostraba la clásica arrogancia naturalista y que para entender la civilización occidental de la época y la revolución industrial, no había mejor medio que la Literatura. Quedaba planteada así, la pugna entre las dos culturas: la literaria y la científica, quedando en medio una —por entonces— naciente forma de entender la sociedad: la Sociología, la tercera cultura. (Algunos podrán ver aquí la contraposición entre las Ciencias Humanas y las Ciencias Naturales, pero yo no creo que la Literatura represente a las denominadas Ciencias Humanas, hay otras disciplinas mejor predispuestas a ello, por ejemplo, el Psicoanálisis).

Este es el nudo o leitmotiv del libro que Wolf Lepenies nos presenta para entender las relaciones tan diversas como interesantes entre estas tres culturas, tres culturas que, además, se estudian en tres culturas europeas: la francesa, la inglesa y la alemana.

En Francia


Lepenies nos lleva, con un estilo claro y alejado de todos los modismos de la disciplina y acercándose más bien a la narración literaria, por los vericuetos abigarrados del pensamiento de carne y hueso, así podemos apreciar la influencia que tuvo el amor por Clotilde de Vaux en el August Comte tardío, aquél del: “Systéme de Politique Positive”, en el que abiertamente contradice su famoso: “Curso de Filosofía Positiva” y lo guía por los caminos de la literatura y la religiosidad. La “educación sentimental” de Comte le llevó a aceptar la importancia del estilo y quiso convencerse y convencer de que las inclinaciones estéticas no estaban reñidas con su misión científica, se podía, a un tiempo, “hechizar a la humanidad y mejorarla”.

Esta tensión entre literatura y ciencia que se manifestaba de una manera personal en Comte, era, al mismo tiempo, representativa de un malestar que se iría desarrollando después, en el interior de los claustros de la afamada Sorbona.

A fines del siglo XIX y principios del XX, la Sorbona había sido transformada radicalmente por los republicanos, introduciendo —de la mano de Durkheim— esa rara ciencia de lo social denominada por Comte: Sociología. Contra esta reforma de la Universidad se alzaban quienes combatían a la república, algunos de cuyos representantes, firmando bajo el seudónimo de Agathon, editaron un folleto en el que arremetían contra la sociología, “esa disciplina de nuevos ricos”, que sólo con astucia se había colado en la universidad, convirtiéndose en una asignatura de moda. Agathon se quejaba de que antes, los estudiantes podían contar con espacios donde podían leer los clásicos, cuya lectura era, además, obligatoria, y que la reforma transformó en “laboratorios de filosofía francesa” donde dominaba el culto por las tarjetas y los ficheros, ya no se leían a Moliére o a Racine, sino solamente los registros de sus fuentes, ediciones y comentarios, la Sorbona se había convertido en un restaurante donde se podían comer las listas de los platos. La literatura y la formación del gusto habían pasado a un segundo plano desplazadas por la labor científica, donde dominaba el “método científico”. Al final, perdió Agathon y ganó.., Durkheim.

En Inglaterra


Si en Francia la pugna entre Literatura y Ciencia tomaba ése rumbo. Otra cosa sucedía en Inglaterra. En la disputa entre Snow y Leavis sobre la predominancia de la interpretación literaria o la del conocimiento científico, se entreveía otra pelea más célebre, la que se llevó a cabo entre Matthew Arnold y Thomas Henry Huxley, en el último tercio del siglo XIX.

En la contienda entre “literatos” y “científicos”, Arnold se inclinaba por los primeros, pues insistía en que “se producía buena literatura no porque la humanidad se decidiera a hacerlo en forma reflexiva y consciente, sino porque era obligada a ello por un instinto de autoconservación” (2). Para Matthew Arnold el vigor de la poesía estaba en su fuerza representativa y reveladora del mundo, mientras que la ciencia nunca había abordado al hombre completo, por eso “no fueron Linneo, Cavendish ni Cuvier quienes le transmitieron un indicio de dónde residía el verdadero misterio de la naturaleza, sino Shakespeare, Wordsworth y Keats, Chateaubriand y Senancourt “ (3). Sin embargo, Huxley no tenía por qué sentirse aludido por los comentarios de Arnold, pues él mismo era partidario de complementar los conocimientos científicos con los literarios. Para Huxley la Literatura no sólo tenía un interés estético, sino un gran contenido intelectual y la poesía de un pueblo podía ser leída como capítulos de la historia del pensamiento humano. Pero, la intención de Matthew Arnold no era tanto defender la literatura frente a las ciencias naturales, sino arremeter contra la sociología de la que también Huxley era partidario. Para Arnold la sociología amenazaba con convertirse en competidora de la crítica literaria, y no se equivocaba, pues, después de la segunda guerra mundial nacía en Inglaterra ese híbrido entre sociología y crítica literaria denominado: “Cultural Studies”.

En Alemania


En Alemania se origina, con la aparición de la Sociología, un fenómeno singular, Lepenies nos lo narra con parsimonia y detalladamente como sería de esperar. Veamos. Si algo caracterizaba a Alemania hasta principios del siglo XX, y que podemos rastrear como la “ideología alemana”, es la terquedad en “(…) contraponer el romanticismo a la ilustración, el estado de los gremios a la sociedad industrial, la edad media a la moderna, la cultura a la civilización, la intimidad al mundo exterior, la comunidad a la sociedad y el ánimo a intelecto, para llegar finalmente a la glorificación de un camino especial alemán y al enaltecimiento del germanismo” (4).

Esta tesitura mostraba su rasgo más sobresaliente en la posición del poeta, pues éste representaba lo verdaderamente humano, del que Goethe era su encarnación ya que en él se juntaban, armoniosamente, las características de una vida bien vivida y el genio creativo e iluminado. Bajo este marco ideológico no es raro que en Alemania existiera una hostilidad contra la ciencia, alimentada por la sospecha de Nietzsche de que la ciencia se había alejado de la vida. Ahora bien, en esta demanda de vida en la ciencia se proyecta una crítica al racionalismo proveniente de la Ilustración Francesa, que queda resumida en una frase que podría ser a la vez la síntesis del pensamiento alemán hasta antes de la segunda guerra mundial y que Lepenies escribe con seguridad: “No se debe saber lo que no se pueda vivir.” Lepenies, también sugiere, esta vez con cierta inseguridad, que esta filosofía de la vida ayudó a preparar el camino de Alemania hacia el nacismo.

Esta contradicción entre intuición y ciencia, entre poesía y ciencia se exacerba, en Alemania, con el Círculo de George, del que nos ocuparemos más adelante. Pero lo que nos llama la atención es que, en esta contradicción inicial, también entra en juego la oposición entre poesía y literatura. En Alemania la poesía se separa de la obra del escritor y del cuerpo literario, también existen posiciones similares en Francia e Inglaterra pero no con la severidad con que ocurre en Alemania. Y este es uno de los rasgos con el que podemos distinguir las culturas intelectuales de Francia y Alemania que se encuentran reflejadas en las opiniones de Walter Benjamin y Stefan George, para el primero, Francia es apreciada porque no contrapone poesía y obra del escritor, para el segundo, “Francia ciertamente tiene “littérature”, pero no tiene poesía”.

En Alemania se distinguía al literato del poeta. Y los que intentaron separar con mayor firmeza al poeta del escritor fueron Stefan George y sus seguidores, el Círculo de George consideraba que desde la muerte de Goethe el idioma alemán había pasado a ser botín de guerra, la misión de George era restituirlo y protegerlo, para esto hacía falta ensanchar la grieta que había entre poesía y literatura. Grieta que debía ser un abismo insalvable puesto que, según Friedrich Gundolf, uno de los partidarios más avanzados de George, el idioma era al mismo tiempo, un fenómeno de la sociedad y de la naturaleza, así la literatura pertenecía a la sociedad y con ella al escritor, en cambio, la poesía pertenecía a la naturaleza de la que el poeta era su escriba. George mismo personificaba al prototipo del poeta religioso, radicalmente diferente del homo sapiens, las necesidades cotidianas le eran indiferentes, hombre sin Tiempo, para sustentarse podía recurrir a cualquier oficio menos al de escritor.

La posición del poeta, según el Círculo de George, era la de un ser elemental que se distinguía porque existía, vivía una vida verdadera, y ni siquiera publicar le estaba permitido al verdadero poeta (la edición de los poemas de George no alcanzaban sino a unos cuantos ejemplares que leían sólo sus más allegados y otra gente escogida), pero sus composiciones debían alcanzar esa revelación última de los misterios naturales: “Los versos auténticos siempre son signos de ritmos primarios del mundo” (5).

Era casi una obligación esta manera de ver la diferencia entre la poesía y la literatura, incluso diferenciarla de lo estético, pues [había] bastantes literatos y de sobra en el mundo, en cambio la verdadera poesía amenazaba extinguirse, siendo característica y distinción del ser humano” (6).
Las ideas de George no sólo tuvieron seguidores incondicionales, sino también, por supuesto, adversarios, dos de ellos altamente renombrados: Hugo von Hofmannsthal y Thomas Mann.
Hofmannsthal estaba de acuerdo con la idea de que la poesía era algo más que crítica, filosofía o estética, era “vida y nacimiento de la vida” pero, al mismo tiempo, consideraba que no había un camino directo que llevara de la poesía a la vida ni viceversa, por lo que le resultaba extraño que la vida se pareciera a una obra de arte. En un discurso pronunciado en 1927 en la Universidad de Munich, Hofmannsthal habló de la literatura y no de la poesía como espacio espiritual de Alemania, revalorizando así al escritor, al literato y al periodista, de esa manera Hofmannsthal, reconocido como poeta, redujo el abismo entre el poeta y el escritor.

El que, sin embargo, casi logró finalizar el debate y cerrar de una vez por todas la brecha entre lo poético y lo literario fue Thomas Mann. En su ensayo: “El artista y el literato”, de 1913 sostiene que, a diferencia del artista falto de responsabilidad, el literato es el conocedor de almas igual que el “philosophe”, aquél intelectual ilustrado de la Francia del siglo XVIII que defendía sus causas escribiendo. “Pues ¿qué otra cosa fue la Ilustración sino “filantropía y arte de escribir”, la convicción de que escribir bellamente era pensar con corrección y por lo tanto actuar también en buena forma?” (7).

Esta idea podía ser suscrita no sólo en Alemania sino también en Francia y en Inglaterra, era europea en suma y eso era Thomas Mann: un intelectual europeo más que un escritor alemán. Además —sostiene Lepenies— en Mann luchaban el poeta y el escritor pues, en sus obras, sus héroes añoran disimuladamente lo acrobático y la irresponsabilidad, en ellos también están en lucha el apego alemán al mito y la entronización del Dios Razón de los franceses.

Notas


(1) Wolf Lepeneis: un intelectual que actúa. En Kulturchronik, No 5, 2001. 
(2) Wolf Lepeneis. Las Tres culturas. La sociología entre la literatura y la ciencia. Trad. julio Colón. (México: Fondo de Cultura Económica, 1994) Pág. 161. 
(3) Id. 161. 
(4) Id. 216. 
(5) Friedrich Gundolf, citado por Lepenies, Las tres Culturas. Pág. 236. 
(6) Id. 236. 
(7) Thomas Mann, citado por Lepenies, pág. 241.

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