domingo, 17 de marzo de 2013

Amor y Literatura. La "otra batalla"

                                       
Borges y María Kodama

                                     


AMOR Y LITERATURA. LA "OTRA BATALLA"

Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés


El amor masculino: “La Otra Batalla”


Hay un cuento de Borges titulado: “La Otra Muerte” (1) en el que se narra que un hombre, un poco antes de morir, durante un delirio febril, habría revivido un día sangriento, un día de batalla en Masoller en la revolución de 1904 en Uruguay. Este hombre se llamaba Pedro Damián y habría combatido en Masoller donde se comportó como un cobarde frente a la feroz batalla, era muy joven. Esto se ve comprobado por un tal coronel Dionisio Tabares que también participó en esa batalla. Más tarde, de la voz de otro personaje, participante de aquella batalla, Juan Francisco Amaro, tenemos la noticia de que Pedro Damián se habría comportado como debiera comportarse todo hombre en una batalla. Tabares y Amaro se reúnen entonces, para contrastar sus recuerdos contradictorios sin llegar a un acuerdo. Meses después de ese encuentro, Tabares cambia de opinión  (o de recuerdo, que es algo más interesante) y hace memoria de la heroica actuación de Pedro Damián.

El cuento quiere cerrarse en esas bifurcaciones que Borges llamaba conjeturas y que, estando presentes en sus mejores cuentos, quieren anular el pasado y el futuro como “el agua en el agua”. Una de esas conjeturas sostiene que Pedro Damián se portó como un cobarde en el campo de Masoller y esperó a tener otra oportunidad, en la hora de su muerte, un delirio le trajo esa oportunidad y murió como un valiente en 1946 en la batalla de Masoller en 1904 (vivió el futuro como pasado). Hay pues dos historias (o más) en este cuento: en una Damián muere de una fiebre en 1946 y en otra en Masoller en 1904. “Damián obró como un cobarde; luego lo olvidó totalmente, luego recordó su impetuosa muerte”.  (2)

Pero queda aún otra conjetura, quizá Damián no existió y todo fue una idea para demostrar un argumento metafísico, el del teólogo Pier Damiani: Que Dios puede hacer que lo pasado no haya sido…
En este maravilloso cuento se encuentra esta frase:

“Con otra voz dijo que la guerra servía, como la mujer, para que se probaran los hombres, y que antes de entrar en batalla, nadie sabía quién es. Alguien podía pensarse cobarde y ser un valiente, y asimismo al revés (…)”. (3)

En el cuento que se apodera de esta frase (¿o habrá que decir que la frase se apodera del cuento?)  “algo nos indica” (4) que esta es la dirección verdadera de la historia: la disputa por el amor hacia una mujer; la dinámica propia del inconsciente, pues el inconsciente es ese enjambre de pensamientos que habitan al sujeto sin que él lo sepa y que giran, disputan, incesantemente en torno a una misma pregunta, la pregunta por el objeto de amor perdido o, simplemente, por el amor. 

El Nombre-del-Padre (este término propuesto por Lacan) sirve para tener la valentía de acostarnos con el partenaire, esa es la “otra batalla”, la que se libra en el inconsciente, es la que aparece como síntoma y la que en el cuento de Borges parece resolverse dividiendo en dos la historia, una parte corrige a la otra, una prepara a la otra. Así que Damián, el personaje central del cuento, se porta como un cobarde en el campo de Masoller, al regresar se propone corregir esa flaqueza: 

“Volvió a Entre Ríos; no alzó la mano a ningún hombre, no marcó a nadie, no buscó fama de valiente, pero en los campos de Ñancay se hizo duro, lidiando con el monte y la hacienda chúcara. Fue preparando, sin duda sin saberlo, el milagro. Pensó con lo más hondo: Si el destino me trae otra batalla, yo sabré merecerla.” 

Si la vida me trae otra mujer yo sabré merecerla, ¿acaso no es esta la frase que indica, como interpretación, lo verdadero del amor de un hombre por una mujer, es decir, lo que queda en el orden del milagro? ¿Y de la repetición o de la compulsión a repetir, aunque sólo sea para conseguir otra batalla en la que, al igual que en la primera, nada es seguro?
Borges concluye:

“Durante cuarenta años la aguardó con oscura esperanza, y el destino al fin se la trajo, en la hora de su muerte. La trajo en forma de delirio pero ya los griegos sabían que somos las sombras de un sueño.” (5)

La condición del amor masculino: El rescate


Freud se preguntaba cómo un hombre reconoce a una mujer, esto lo desarrolla tenazmente en sus “Tres contribuciones a la psicología de la vida amorosa”. Sostiene allí que para que un hombre despierte su amor hacia una mujer, deben existir tres condiciones. La primera, es la del tercero perjudicado, esto es, que pertenezca legítimamente a otro hombre, esto quiere decir que la considere como parte del campo de otro, puede ser el padre, el esposo, un buen amigo, etc. La segunda condición es que a la mujer se le considere “fácil”, “ligera”, aquí viene la subestimación que realiza el juicio del hombre con la intención de “salvar” a aquella mujer, de rescatarla, los ejemplo son variados: De la pobreza, de la ignorancia, de un mal matrimonio, etc., etc. El hombre inventa, inventa y sucumbe a su propia invención y después… no sabe qué hacer con ella… con la invención. (Cf.: “El Amor en (Psico)Análisis” en este blog).

Podemos considerar entonces el rescate como un operativo dentro de una batalla, en el sentido bélico, pero también como figura: “inquietud interior del ánimo”.

Batalla de rescate, ¿por qué habríamos de utilizar estos términos tan bélicos como varoniles cuando se habla del amor hacia una mujer? Freud encuentra que el “rescate” estaría vinculado con una deuda que el hijo tiene con la madre de quien recibió la vida y debería realizar esa proeza de amor, comportarse como un valiente, sacrificarse para salvar a su dama. Este es el aspecto delirante del amor en la neurosis obsesiva que Freud relaciona con los hombres.

Cuando ese delirio se ve “cumplido”, el hombre no sabe qué hacer con ella, no sabe como arreglárselas con ellas, porque: Jamás deja de meter la pata al abordar a cualquiera de ellas - o bien porque se engañó o bien porque era justamente esa la que le hacía falta. Pero jamás se percata de ello sino après-coup, retroactivamente.” J. Lacan (Conferencia en Ginebra sobre el síntoma) (6). Es una defensa que ella pertenezca a un orden simbólico, por eso hay hombres que se enamoran de mujeres casadas, el “tercero perjudicado” es, en realidad, la búsqueda de burlar la ley, el campo de la legalidad donde está inscrita la mujer, esto constituye una cobardía desde el punto de vista del deseo.

Volviendo al cuento de Borges y a Damián, su cobardía lo salva de morir en la batalla de Masoller (7), pero no le deja vivir, se aparta de la vida, se refugia en la mudez, en la inacción, que figura la muerte: “no alzó la mano a ningún hombre, no marcó a nadie, no buscó fama de valiente”. Remordido por esa culpa piensa en la repetición, en la forma de otra batalla en la que pueda redimirse.


Te demando que me rechaces lo que te ofrezco


¿Y, si, finalmente, la respuesta a la pregunta sobre el amor, dijera: “Te demando que me rechaces lo que te ofrezco” (8), ese nudo topológico hecho de tres funciones?
El amor es dar lo que no se tiene, demandar que se rechace lo que se ofrece.

“¿La carta [lettre] de amuro [amour, a-mur]?  Bien, he aquí una, típica: Te demando que me rechaces lo que te ofrezco –pausa aquí, pues espero que para que se comprenda no haya necesidad de agregar nada. La carta de amuro, la verdadera, es precisamente esto.” (9)

“Entre  el hombre y el muro, está justamente el amor, la carta de amor. Y lo mejor que hay en ese curioso impulso que se llama amor es la carta/letra”  (10). Que puede tomar formas extrañas,… quizá como un cuento dedicado a las bifurcaciones temporales

Corolario: Borges enamorado


En “Borges Enamorado”, un capítulo de “El Sueño del Rey Rojo” de Alberto Manguel (11) se cuenta que Jorge Luis Borges conoció a Estela Canto  a quien dedicaría El Aleph en 1944 en casa de Bioy Casares, después de cortejarla por un tiempo, una noche le recitó, en italiano, los versos que Beatriz le recitaba a Virgilio en la Divina Comedia y le propuso matrimonio, Estela Canto, sabiendo que Borges no se atrevería a llegar más allá, le respondió:“Lo haría con mucho gusto, Georgie, pero no olvides que soy una discípula de Bernard Shaw. No podemos casarnos si antes no nos acostamos”, por supuesto Estela Canto tenía razón. Borges, al final, se casó pero no con Estela sino con Elsa Astete. Elsa lo apartó de sus amigos y de su familia y disfrutó de su creciente fama y de su dinero, Borges terminó escapando de ella en Harvard, donde fue a dar un curso, ayudado por su traductor norteamericano, quien lo llevó al aeropuerto y lo embarcó rumbo a Córdoba… pero, aquí nos detenemos, porque no nos proponemos psicologizar la obra arte, creemos, con Roland Barthes, en la muerte del autor (12) y esto implica que la obra vale por sí misma, por otra parte Foucault, afirma en su conferencia:  ¿Qué es un autor?, que en esa relación antigua entre la escritura y la muerte puede encontrarse también “…la desaparición de los caracteres individuales del sujeto escritor; mediante todos los ardides que establece entre él y lo que escribe, el sujeto escritor desvía todos los signos de su individualidad particular; la marca del escritor ya no es más que la singularidad de su ausencia; tiene que representar el papel del muerto en el juego de la escritura”.  Lacan, que asistía a la conferencia de Foucault, respondió que más que una desaparición del sujeto “Se trata de la dependencia del sujeto, lo cual es sumamente diferente; y muy en particular, en el nivel del regreso a Freud, de la dependencia del sujeto en relación con algo verdaderamente elemental, y que tratamos de aislar bajo el término de "significante"” (13)

Notas:



(1) J. L. Borges. La Otra Muerte. En: EL Aleph (B. Aires: Emecé Editorial, 1957)

(2) Id. Pg. 71

(3) Id. Pg. 66
(4) Este “algo nos indica”, que parece no definir nada y trastabillar en una conjetura más prosaica que las que ensaya Borges, tiene, sin embargo, una base en la Matemática Pura: “En la concepción axiomática, la matemática aparece en suma como reservorio de formas abstractas [las estructuras matemáticas]; y resulta [sin que sepamos bien por qué] que algunos aspectos de la realidad experimental se moldean en algunas de esas formas como una suerte de pre adaptación”. J.- A. Miller. Sutilezas Analíticas. (B. Aires,2011, Paidós)
(5) La Otra Muerte. O. C. Pg.70

(6) Conferencia en Ginebra sobre el Síntoma
(7) ¿No se debe tener “amor a la Patria” para enfrascarse en una guerra? ¿La revolución no encausa el deseo de rescatar a alguien para devolverle algo? ¿No es cualquier guerra –emprendida por hombres– una gran operación delirante de rescate?
(8) J. Lacan. Seminario XIX. …O peor. (B. Aires: Paidós, 2012) Pg. 79
(9)    Id. Pg. 80
(10) J. Lacan. Hablo a las Paredes. (B. Aires: Paidós, 2012). Pg. 125. Lacan comenta aquí un poema de Antoine Tudal que insertara en “Función y Campo de la Palabra y del Lenguaje en Psicoanálisis” (Escritos, página 278) que dice así:

Entre el hombre y el amor,

Hay la mujer.

Entre el hombre y la mujer,

Hay un mundo.

Entre el hombre y el mundo,

Hay un muro.


(11) Manguel, Alberto. El Sueño del Rey Rojo. (Madrid: Alianza Editorial, 2012) Trad. Juan Tovar Elías
(12) “Balzac, en su novela Sarrasine, hablando de un castrado disfrazado de mujer, escribe lo siguiente: “Era la mujer, con sus miedos repentinos, sus caprichos irracionales, sus instintivas turbaciones, sus audacias sin causa, sus bravatas y su exquisita delicadeza de sentimientos”. ¿Quién está hablando así? ¿El héroe de la novela, interesado en ignorar al castrado que se esconde bajo la mujer? ¿El individuo Balzac, al que la experiencia personal ha provisto de una filosofía sobre la mujer? ¿El autor Balzac, haciendo profesión de ciertas ideas “literarias” sobre la feminidad? ¿La sabiduría universal? ¿La psicología romántica? Nunca jamás será posible averiguarlo, por la sencilla razón de que la escritura es la destrucción de toda voz, de todo origen. La escritura es ese lugar neutro, compuesto, oblicuo, al que van a parar nuestro sujeto, el blanco-y-negro en donde acaba por perderse toda identidad, comenzando por la propia identidad del cuerpo que escribe.”  Barthes, Roland. La Muerte del Autor.  En: El Susurro del Lenguaje. Pág. 65. (Barcelona: Paidós, 1987). Trad. C. Fernández Medrano.

  (13) Revista Littoral, Nº 9, 1983

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