miércoles, 3 de junio de 2009

Las Pócimas de Marcelo Villena



Autor: Marco Antonio Loza Sanjinés

(Publicado por primera vez en la revista literaria Atar a la Rata, Cochabamba Año 2, Número 9)

Juan Goytisolo escribió en su autobiografía:

“La novela que elude la facilidad de los caminos trillados crea inevitablemente una tensión, un choque con las informuladas expectativas del público; éste se enfrenta de súbito a un código diferente de aquél al que está habituado y dicho código le plantea un reto: si lo acepta y penetra en el significado del nuevo sistema artístico, el victorioso cuerpo a cuerpo con el texto es precisamente su premio: su goce activo de lector...” (En los reinos de taifa).

Esta práctica de lectura es la que reclama el libro de poemas: “Pócimas de Madame Orlowska” (La Paz Bolivia: Ediciones del Hombrecito Sentado/Plural Editores, 1998/2004) de Marcelo Villena Alvarado, este tipo de lectura digo porque lo mejor del texto está en su prosa como ya se verá. Pero, necesita además, aquella actitud que recomendaba Roland Barthes: Leer levantando la cabeza, hilando, siempre hilando, libre de la búsqueda de esencialismos en la lengua o en la “voz poética”. Por otra parte, una reseña debería ser una invitación a la lectura más que un intento de crítica o teoría literaria: Compartir una experiencia de lectura. Va pues.
Leemos el libro ordenadamente, lo abrimos por la primera página y vamos leyendo con la espina dorsal derechamente inclinada.
Nos encontramos con el primer poema: “Marinero de agua dulce”:

“Soy muy como el rezno de Babel, cometa suelto,
senil y fiero, tachado y sin embargo absuelto,
que por los corredores no cesa la pirueta
sin pronunciar el umbral ni decir una zeta. ”

Recorremos algunas páginas y un poema nos choca –la palabra es justa– por su mezcla con la lengua aymara, hacemos como si nada pasara y seguimos el recorrido, leemos “Amor mural”, tiene un largo epígrafe que, al comienzo, es lo mejor del poema, si no lean este trozo:

“Recuerdo, por ejemplo, que en una conversación alrededor de cervezas se nos oyó ver la vida desde una terraza de café:
–Si es simplemente como escribir algo, dijo alguien, cada quien escribe la suya... Y ante miradas que estaban a punto de lanzar los lapidarios y escépticos, las aclaraciones tuvieron que apurarse: ¿acaso uno escribe ‘libremente’?”

Seguimos leyendo y a estas alturas va asomando una manera desigual de tejer el poema, por ejemplo en “Escribir Aquí”:

“Escribo donde escribo cuando escribo
porque también escribo a quien escribo
ocasionalmente
mientras la escribo y no la escribo sin saber si la
escribo
o si quizás
la escribo sólo detrás de lo que escribo...”

donde el poema se irradia al vacío, recordamos entonces una mejor hechura del tejido en un poema de J.E. Eielson:

“Sueño que escribo y mientras sueño
Escribo este poema
Sueño que soy un niño todavía...” etc.

Pero volvemos a entusiasmarnos al leer el poema XXIX:

“Si volver tiene sentido
si son de ida los pasos del regreso
estarás sin decir nada
estaré aun sin recuerdos
Como si nunca nadie se hubiese ido
como si nada”

El entusiasmo crece cuando leemos “65 Senderos de Colores”, que tiene mucho del cuento oral aymara (su temática, sus nombres, no su idioma). Satisfacción que se consolida (y se detiene) definitivamente al leer lo que consideramos el mejor poema de todo el libro: “El Largo Juego de la Mirada”, aquí la escritura se despliega en una serie de descripciones con intención fotográfica, de ahí los subtítulos que preceden a cada poema: Toma N° 1, Toma N° 2, etc. Pero sólo es una intención pues, la palabra la traiciona, o más bien la palabra la tensiona y entonces las “formas” se transforman en cuadros descriptivos, esquemáticos, de gran calidad. Para muestra transcribimos fragmentos de algunas tomas:

Toma N° 1:
“De pie De frente Morenamente desnuda
Sólo el velo de su cabello sugiere la falta allí
donde todo parece estar resuelto
Se exhibe la presa La pared y el piso, lisos,
asépticamente blancos –si no fuera por su
sombra–, recuerdan los de cámaras casi tan
frías y vacías como el inmenso paisaje de nieve
que las rodeaba...”

Toma N° 7
“Sorprendida, ofrece con derroche la pose
Insostenible: la recursividad de la marea; el
cuerpo, eternamente activo, concebido en
reposo.
En efecto, la imagen detenida (sentada, de tres
cuartos, fumando y desnuda desde la cadera) no
termina de cuajar; no muestra, no protege.”

Toma N° 8
“La hora del duelo, cara a cara: vea, vea esto a
ras del suelo; no hay lugar para la huida.
Las trenzas desatadas, la frente en alto, el busto
desarmado. Sentada, cruza los brazos sobre las
rodillas; las rodillas se cruzan, también, un poco
más abajo. Como araña agazapada espera y
examina. De entre sus dedos cuelgan varios
hilos, hilos que han corrido de su vientre.”

Levantamos una vez más la cabeza e hilvanamos la idea de que cuando Marcelo Villena se aleja de ese aire localista que quiere dar a algunos de sus poemas con préstamos del idioma aymara, brilla, y es que el aymará es una lengua no escrita, es principalmente sonido y por eso no es útil a la poesía escrita. Vemos también la hebra de la prosa: cuando la escritura de Villena se acerca a ella brilla aún más, habrá que esperar entonces que suelte algún cuento o novela en el futuro. Desigual la cantidad de medicina de estas pócimas de Marcelo Villena, quizá fechar los poemas ayude a hacernos una idea del progreso de su escritura. Por ahora –más nos conviene– nos quedamos con el agridulce sabor de una cocción bien (perdonen la incongruencia) tejida.

Nota Biográfica:


Marcelo Villena Alvarado (1965), realizó estudios de Literatura en la Universidad de Toulouse II – Le Mirail, Francia. Es catedrático en la Carrera de Literatura de la U.M.S.A. La Paz Bolivia, ha publicado también un libro de ensayos sobre la narrativa boliviana del siglo XX: “Las tentaciones de San Ricardo” (2003)..

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